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Amanecer

Un viaje por la vida

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Así es como lo veo yo. El amanecer de un reto que hacia tiempo me rondaba la cabeza: escribir sobre lo que quiero, lo que deseo y lo que recuerdo, sin miedos, sin censuras ni prejuicios.

Es la cara y la cruz de las redes sociales, que todo el mundo sabe quién eres o que nadie necesita saberlo.

Mi intención es escribir aquí mis experiencias con la vida, con el sexo y la gente. Como todo lo que he pasado ha ayudado a crear la persona que soy y la que a veces temo ser.

Porque a través de las palabras puedo recordarme y mostraros como he sido y a donde voy con esta mochila cargada a las espaldas.

¿Me acompañáis?

entrada

Monotonía Cap. 43

La monotonía, esa fiel agorera del fin de algo bonito.

Os imaginareis que hablaría de la monotonía sexual, que si, también la he vivido con algún amante, en el que el riesgo no compensaba la calidad de lo recibido.

Te escabullías, mentías y confabulabas para al final recibir algo soso y decaído, que no igualaba o superaba, ni de lejos, lo que sientes al lado de tu amor verdadero.

Ese sentir lo mismo, hacer lo mismo, follar de la misma forma, modo y manera.

La monotonía a la que me refiero es otra, más oscura, terrible y devastadora.

La continua repetición de la misma situación, con pocas variables pero con idéntico final.

Tu, negándome el deseo de sentirte, y yo, llorando mi destino.

¿Como algo así puede llegar a ser monótono?

Es fácil.

Cuando la acabas aceptando, asumiéndola como parte de tu vida, como algo que está ahí, inerte, y con posibilidades de repetirse de forma continua, esa… esa es mi monotonía más letal.

Llevas trabajando horas, que son como días enteros, y camino a casa imaginas tu vía de escape, que casi siempre se debate entre una tableta de chocolate y el cuerpo de tu amado caliente y sensible rozándose con el tuyo.

Llegas a la cama, mordiéndote los labios en la cena por miedo a estropearlo de alguna inexplicable forma.

Te pones el pijama delante de tu pareja, mostrando ambos los cuerpos desnudos sin un atisbo de lujuria, cubriéndolos para protegerlos del frío que se esconde bajo las sabanas.

Te acuestas junto a él, miras el teléfono un rato, repasas si hay algo que poder decir o de que conversar. Dejas el móvil en la mesilla, te giras, le miras a los ojos, sonríes, te acercas, y lo sabes, lo notas, lo deduces.

Te llevas un NO por buenas noches, un ESTOY CANSADO de despedida, y ahí se mueren tus ganas, ahí llega tu monotonía.

Antaño intentabas cambiarlo, preguntabas, conversabas, pedías explicaciones, incluso elucubrabas pensando múltiples posibilidades por las que te rechazaba.

Ahora ya no luchas. Te giras. Te enfurruñas, piensas en otra cosa.

Sueñas con tus fantasías, materializas tus ganas en el baño para que se escape la energía.

Vuelves a la cama vacía.

Hasta otro día.

Maldita monotonía.

Mimos nocturnos. Cap. 42

¿Habéis tenido alguna vez esta experiencia?

Estar total y profundamente dormida y de repente sentir la mano cariñosa de tu pareja tocarte el hombro, bajar por el pecho y acariciar tus pezones.

Tú te despiertas, pero sin apenas moverte, porque mola más hacerte la dormida para ver hasta donde llega.

Porque forma parte de tu fantasía sentir que hacen contigo lo que quieren mientras tu no opones una resistencia activa.

Notas que unas mariposas se agitan en tu vientre, y tu regalas una sonrisa a la oscuridad que te rodea.

Notas que esa mano grande y calentita baja por tu abdomen, redondea tu ombligo y se mete por debajo de la gomita del pijama.

Tú estás dudando en si girarte o dejar que siga pensando que duermes. Tampoco sabes con certeza si él duerme y es un acto de sonambulismo, o está completamente despierto y consciente de que te toca “sin tu permiso”

Sientes que empieza a palpar tus zonas más íntimas buscando entre tus pliegues su objetivo.

Tú te estremeces mientras notas como presiona tu botoncito y no puedes seguir teniendo los brazos bajo la almohada.

Te giras acompañando un suave mmmmmm indicando que te estás despertando, a pesar de que llevas disfrutando de las caricias varios minutos y siempre acabas soltando una frase acorde con el momento, tipo ¿es que el nene quiere guerra?

Y entonces, animada y dispuesta, empiezas a besar a tu pareja, desde la frente hasta la goma de su propio pijama.

Respiras su olor, una mezcla entre dulzón y varonil y te escondes bajo las sábanas para quererle un poco más.

Muerdes por encima del pijama su miembro duro y empinado, como el aviso de lo que llegará, mientras notas que se estremece.

Lo liberas de su prision y comienzas a acariciarlo con tu nariz. Sientes ese calor que toca tu cara y llega hasta tu boca.

Tus labios se posan suaves sobre la puntita y empiezas a dar pequeños besitos alrededor del glande.

Lo pruebas con la lengua y con ella das pequeños rodeos hasta metertela toda dentro de la boca.

Comienzas a chupar, a succionar, a lamer, a jugar, a morder.

Aceleras, paras, sigues, más fuerte, más flojito, más suave, más bestia.

Te encanta que te toque el pelo, que te acaricie la cara, que te pida que pares.

Ese momento en el tienes que tomar la decisión de si te ignoras y sigues, y le haces disfrutar hasta el final, o paras, como te pide, y compartes un ratito de buen sexo.

Haces una rápida recopilación de últimos encuentros, en el que intentas recordar quien salió ganando la última vez.

Decides esta vez dárselo todo y seguir con tus besos y empiezas a tomártelo más en serio.

Liberas tus manos, te colocas en posición de ataque, y empiezas con tu plan de “a tope”.

Rodeas ese pene erecto con una mano, mientras con la otra acaricias su escroto.

Sigues chupando la puntita, succionándola hasta dejarla sin circulación.

Bajas y subes su cobertura de piel mientras saboreas hasta su último aliento.

Sigues, y tú boca sube, y baja, y sube… te pareja te avisa que no aguantará mucho, y tu sigues concentrada.

Lo quieres todo y no paras, y sigues, apenas sin respirar, y sigues, sin soltar tu presa, y sigues, comiéndotelo todo.

Y sigues, hasta que lo notas, notas que se pone tenso, que los músculos de sus muslos se contraen, que su espalda de dobla.

Sientes que llega el final, que cada vez respira más rápido, que suspira, que se queja, que se lamenta.

Sientes que llega, y mientras sale y resbala por tu mano, sigues besándole y pasando tu lengua por un lateral.

Y todo acaba, y te despides con tres besitos.

Y te dice que le has violado, y le dices satisfecha que empezó él.

Y te dispones a volver a dormir, como si nada hubiese pasado, pero anotando en tu agenda mental, que la próxima vez, te tocará a ti llegar al cielo.

Brrrrrr. Cap. 41

AR y yo nos seguíamos sintiendo juguetones y se nos encendió la bombilla para nuestra siguiente travesura.

El era el DJ de la sala en donde trabajaba los fines de semana. Su cabina se encontraba directamente frente a mi barra y podíamos mirarnos en la distancia con bastante facilidad.

Me propuso un reto y lo acepté sin preguntar. Yo me atrevía a todo.

Acudimos a un sex shop bastante acogedor, lo recuero muy luminoso. Como si de una pequeña tienda de suvenir se tratase. Había aparatos de todas las tallas y colores, para todas las partes del cuerpo. Una musiquita tranquila amenizaba nuestra búsqueda y la dependienta parecía tan agradable que solo faltaba que nos hiciera una demostración del género que vendía.

Elegimos finalmente un pequeño consolador con forma de proyectil redondeado que tenía …

Mando a distancia.

La idea ya os la podéis imaginar. Ir a trabajar con eso puesto y que AR tuviera el control y lo encendiese desde la cabina cuando quisiera .

Me pareció una idea súper divertida, poder mezclar el trabajo con el placer y además de una forma tan sutil.

Llegó el sábado noche y salí del baño dispuesta a empezar la sesión. No hizo falta que habláramos. Nos miramos y comprendió que lo llevaba encima.

Fueron llegando los clientes y yo sentía el pequeño cacharrito ahí metido, sin que de momento me diera guerra alguna.

Tenía una compañera fija de barra con la que en esos momentos me llevaba de fábula y colocamos las cosas como de costumbre.

Empezamos a trabajar más intensamente y me dispuse a llenar varios vasos de hielo. De repente una vibración extrañamente fuerte me asustó. Pegué un bote descomunal escapándoseme un joder en alto. Se me había olvidado por completo lo que llevaba encima.

Mi compañera fue a mi encuentro y me preguntó si estaba bien. Le dije sonriendo que la cámara me había dado un calambre. Mire al frente buscando a mi compañero travieso y ahí le vi, con cara maligna, dispuesto a pegarse una panzada a reír.

Aquella cosa en mi interior no paraba de vibrar y yo, muerta de la risa, intenté controlar mi excitación al constatar que era un movimiento continuo y monótono. Podía dominarlo. Me pareció hasta agradable la sensación. Iba a ganar la batalla y el no iba a conseguir sacarme ninguno.

Lo que no sospechaba es que el aparatito tuviera diferentes modos y niveles y comprobé que AR quería probarlos todos.

Seguí sirviendo copas con tranquilidad hasta que esa vibración cambió de patrón. Empezó a ser como un código morse con intensidad alta.

Apoyé las manos en la cámara que había bajo la barra y empecé a tomar aire. Aquello me estaba empezando a dominar y no hacía más que sentir que me temblaba todo el cuerpo.

No podía parar de sonreír para mitigar los nervios. ¿Pensaría la gente que estaba volviéndome loca?. Me costaba alzar la cara al frente. No quería mirar a nadie, y no quería ver en la distancia como mi compañero se estaba literalmente meando de la risa.

Nos os imagináis una barra repleta de personas mirándote apenas a medio metro de ti y tu a punto de llegar al orgasmo. Intentando llenar vasos de hielo y poner alcohol en las copas sin que notaran que te temblaban las manos y que no se te borrara la estúpida sonrisa de ¿Quién me mandaría a mi?

Le hice un movimiento de negación con la cabeza al DJ pidiéndole que lo apagara, pero aquello no fue buena idea.

De repente eso se puso en modo killer y pensé que saldría pitando de mis braguitas.

Cruzaba las piernas haciendo presión con mis músculos vaginales mientras seguía trabajando pero apenas podía respirar. Es lo que pasa cuando intentas contener un orgasmo.

Mi compañera y un par de clientes me preguntaron si estaba bien.

Yo andaba a mitad de camino entre la risa, el desmayo y la ira.

Fue la vez que más dominada me había sentido. Me gustaba, me divertía, pero quería matar al chico que había tenido tremenda idea.

Me giré hacia las botellas dando la espalda a la clientela. Empecé a rendirme y dejarme llevar. Quería llegar cuando fuera y donde fuera, ya todo me daba igual.

Comencé a respirar más profundamente dejando que mi cuerpo se invadiera de ese temblor, y llegué al climax con una mano agarrada a una botella de Jb y la otra a una de Brugal. Intenté disimular lo mejor que podía. Mis braguitas estaban más que húmedas. Estaban mojadas.

– ¿Te estás mareando? Insistía mi compañera

– ¿Que? Ah… si… bufff… estoy fatal. Algo me ha debido de sentar mal. La respondí mientras me dirigía al baño, el cual, se encontraba junto a la cabina.

Aproveché para acercarme y decirle al DJ al oído que se la cargaría por esto. Me recordó que aun no podía quitármelo.

– Me vas a matar. Le dije temiéndome una noche movidita.

La verdad es que estaba muy excitada. Ese cacharrito me había encendido todos los botones de mi interior y necesitaba que me los apagara alguien.

Me pasé media noche entre orgasmo – visita al baño – orgasmo – quiero cargármelo- y finalmente decidí romper la apuesta y quitármelo para poder seguir viviendo.

Por la mañana le acerqué a su casa en mi coche y por el camino nos reíamos con el experimento.

– No se si alguien se ha podido dar cuenta. Le decía yo. Porque había momentos en los que hablaba a los clientes entre suspiros, sacando pecho a causa de las inhalaciones, pensarían que me estaba insinuando.

Si. La gente me miraba un poco raro hoy. Uno incluso me preguntó si estaba enamorada. Jajaja. Puede ser que fuera lo mas parecido al amor ¿no? Cuando estas fuera de ti, desinhibida, sonriente y afectiva.

Obviamente acabamos haciéndolo en mi coche para rematar la jornada. Estaba tan excitada que no hacían falta ni preliminares. Me entraba de todo y por todos los sitios, por lo que me senté encima, de frente, en el asiento trasero y tuvimos un sexo anal de película.

Había sido un juego divertido, secreto y morboso, que acordamos que algún día habría que repetir.

 

Encuentros Parte II. Cap. 40

Y ahí que nos lanzamos y nos sentamos junto a esa solitaria pareja.

Ella era una chica nórdica sonriente y callada y él era un jovencito español rubio con el pelo largo, que parecía que había venido un poco obligado, fruto de alguna improvisada idea de última hora.

Sinceramente, el chico no me agradaba al 100%, pero se nos acababa el tiempo y empecé a ser menos selectiva.

Después de una conversación banal y no muy larga nos fuimos hacia las camas comunes que había en una parte de la sala.

De camino veíamos como el ambiente estaba bastante animado. Había mucha gente compartiendo risas, cuerpos, besos… había grupos que hacían círculos en donde el de al lado recibía las caricias de la persona de su derecha mientras con su mano tocaba a la de la izquierda. No importaba el género.

Llegamos a una zona despejada que daba a una pared y allí empezamos nuestra aventura.

Primero AR y yo nos besamos y acariciamos un ratito para ponernos a tono mientras ellos hacían lo mismo.

No tardamos en intercambiarnos y empece a besarme con aquel extraño. Intenté olvidarme de todo y dejarme llevar. Estaba excitada y expectante. Ansiosa. No tardamos nada en avanzar y cuando me di cuenta, después de ponerle protección, ya estaba encima de aquel chico.

Miré a mi derecha y vi a mi pareja tumbada en la cama con la otra chica encima. Las dos hicimos lo nuestro. A veces coincidíamos en las embestidas. Yo teatralizaba un poco de cara a los mirones que teníamos alrededor. Me gustaba pensar que los estaba excitando. Ella era más bien recatada y solo le oía pequeños suspiros de muñequita de cristal. Me entraba la risa. Parecía una especie de robot follahombres.

Miraba a AR con cara de madre mía donde nos hemos metido y seguíamos a lo nuestro. No se lo que sentía él en ese momento. Yo: decepción.

El chico que tenía debajo, no estaba lo suficientemente excitado, al menos no sentía que me llenara. Me avisó de que le quedaba poco.

– Nooooooooooo. Gritaba yo desde mis adentros. No me hagas esto!!!!

– Deprisa AR, ven aquí detrás, le pedía jadeando. El se incorporó y vino a mi encuentro, intentando ponerse un nuevo condón, pero antes de que pudiera sentirle, mi mal seleccionado compañero llegó a su punto final.

– Sigue con la chica, no lo dejes, le dije a AR mientras me incorporaba. Mi nueva pareja se sumía en disculpas.

– Lo siento mucho, era mi primera vez así.

– No pasa nada. Le animaba con cara compasiva. Quería matarle. Gritarle que no tenia ni idea, que parecía un muñeco hinchable, pero me contuve y le sonreí.

Me giré hacia la sala para ver qué estaba pasando, resignada a dejar mi fantasía para otro día.

Acto seguido se acercó una pareja. De edad media, atractivos.

– ¿Estás sola?. Me preguntó ella.

– Ahora si. Le respondí mirando hacia atrás. AR seguía a lo suyo. Tenía pinta la cosa de durar horas.

El hombre que acompañaba a la curiosa mujer, me pasó la mano por el cuello y me dio un beso en la boca. Suave, delicado, tranquilo. Me gustó.

Nos encontrábamos los tres de pie, formando un triángulo muy cerrado.

De repente la mujer que tenía a mi lado me giró la cara suavemente hacia ella y mirándome fijamente a los ojos también me besó. Era la primera vez que besaba a una persona de mi mismo sexo. El corazón se me aceleraba, se me salía del pecho. Las mariposas de mi vientre despertaron.

Sentí unos labios finos, suaves, firmes. Fue un beso tímido y sencillo, que aun así me encogió el alma.

De repente sentí como mis senos estaban siendo acariciados por los dos. Yo, a 1000, me metí en escena de lleno, y repartí mis manos entre sus cuerpos. A él le acariciaba por encima de su ropa interior, notando su pene grande y erecto. A ella le correspondía también acariciando sus pechos y notando como sus pezones se contraían. No sabía si podría pasar de ahí…

Mientras nos intercambiábamos besos los tres, notábamos que la excitación iba en aumento.

No recuerdo cuál de los dos empezó a bajar sus manos por mi vientre buscando partes más íntimas de mi cuerpo. A mi no me entraba el aire e intentaba llenar mis pulmones con inhalaciones cada vez más profundas.

Miraba los senos de mi compañera y los recuerdo firmes y suaves, tenía ganas de besarlos. Mientras su pareja me tocaba el clitoris, yo empecé a comerme los pechos de esa diosa que me a acariciaba el pelo como si estuviera saciando mi hambre. Los recuerdo salados y sus aureolas rugosas.

Le dediqué también un ratito al él, metiendo mi mano por dentro de su bóxer.

Nos estábamos empezando a emocionar.

Bajamos las dos a la altura de su pene y empezamos a besarlo tímidamente cada una por un lado, y cuando llegábamos a la punta nos besábamos entre nosotras.

Él nos incorporó y noté que ellos se miraban y se decían algo con los ojos. Creo que habíamos llegado al límite que se habían impuesto.

Me dejaron respetuosamente para tumbarse en una cama y terminar lo que habíamos empezado.

Lo respeté, obviamente, porque en estos sitios el respeto es una premisa.

Me quite el pelo de la cara, tome aire, deje que mi excitación me abandonase poco a poco, aunque la sensación de lo que había ocurrido no me dejaba pensar.

Había disfrutado infinitamente mas con esto que follando con un chikillo inexperto.

No todo era sentir algo dentro. No todo era blanco o negro.

AR terminó, nos vestimos y nos fuimos.

Por el camino comentamos la juzgada, sintió que no hubiese encontrado a un amante lo suficientemente bueno como para darme, junto a él, lo que buscaba.

En el fondo yo no lo sentí. Esas tontas caricias que compartí con esa pareja. Esos primeros besos lésbicos que había experimentado me llenaron mucho más y borraron cualquier mal recuerdo de mi mente.

Es cierto que seguía necesitando hacer realidad mi fantasía, pero no tenía prisa.

Otros horizontes se abrían ante mi, como una luz que me cegaba.

Encuentros parte I. Cap. 39

Después de mi primer local liberal, nos emocionamos un poco.

A.R. Y yo fantaseábamos continuamente con volver, pero esta vez, dejarnos llevar por la loca idea del intercambio y mezcla de parejas y conseguir por fin hacer realidad esa persistente fantasía de sentir dentro de mi a dos hombres a la vez.

Nos creamos un perfil y empezamos a navegar por webs de intercambio en busca de la pareja perfecta.

Nos hicimos alguna foto sugerente que no revelara nuestra identidad y empezamos a recibir bastantes invitaciones acompañadas de todo lujo de detalles y explicaciones sobre lo que sucedería si nos decidiésemos por ellos.

La verdad es que la idea en la cabeza sonaba mejor que en la realidad, porque lo cierto es que cuando quitas de la ecuación la magia de la improvisación, el planear el donde, cómo y con quien, me hizo desilusionarme bastante con el proyecto, terminando por abandonarlo.

Y así es como al final acabamos en otro local liberal famosete de la capital. Con más experiencia y más energía.

Entramos y como si de clientes habituales se tratara. Nos quitamos prendas para dejarlas en las taquillas, paseando así en ropa interior y tacones.

El día anterior había estado seleccionando cuidadosamente que ropa reservar para la ocasión, y recuerdo que me decidí por unas braguitas de encaje marrones con un sujetador a juego muy sugerente.

Empezamos nuestra vuelta de reconocimiento por el local, conociendo las estancias y las posibilidades que nos ofrecía.

Nos encantó un pequeño rincón que tenía una especie de tejado agujereado que daba lugar a otras elevaciones del local en donde también se encontraba gente pasando la noche en compañía de sus aventuras.

Follamos ahí, delante de todo el mundo, mientras la gente de arriba se asomaba por las pequeñas ventanas del techo y nos miraba, mientras yo, procurando no mirar a nadie para no invitarles sin querer a la fiesta, no paraba de jadear, respirar, sudar y llegar de manera algo teatral pero auténtica.

Por si no lo conocéis, debéis saber que existen algunas pequeñas reglas en este tipo de locales y es que si alguien quiere unirse, te debe tocar el hombro y dependiendo de tu gesto, conoce o no de tu aceptación. Nunca me imagine un sitio tan respetuoso. Todo era muy sutil, tranquilo y amable. No me sentí en ningún momento violentada o acosada.

Recuerdo que estábamos paseando y llegamos al marco de una entrada a una sala en donde un grupo de varones estaba enzarzado con una o dos chicas. La expectación en aquel lugar era reveladora.

Nosotros nos quedamos en el pasillo antes de entrar, y recuerdo ver a una pareja joven y guapa también en el pasillo apoyado en la pared.

Mi pareja estaba mirando por la puerta y yo apoyada en el de espaldas a ella, tenía contacto directo con esa pareja. No recuerdo cómo era el chico. Lo que no olvido era su acompañante femenina. Su cara amable y tranquila y sus ojos grandes y oscuros que no dejaban de mirarme, como mandándome un mensaje cifrado que estaba empezando a comprender.

Fueron minutos los que nos hablamos con la mirada y ¡hay! Tonta de mi, no me atreví a lanzarme. Aun la recuerdo a día de hoy. Recuerdo la sensación de energía que sentía y a la vez la poca valentía de acercarme a una persona de mi mismo sexo.

Nos fuimos a la barra a tomar algo. Allí empezamos el verdadero trabajo de fichaje en el que se daba que a mi podría gustarme el varón de una pareja pero a mi pareja no le hiciera gracia su acompañante (y viceversa)

Finalmente encontramos una pareja sentada en frente de la barra que a los dos nos hacía tilín…

Reinicio

En primer lugar os pido perdón, mis grandes lectores. Por haber tardado tanto en volver.

Creo que la escritura no se debe forzar, ni aunque vivieras de ella.

Muchas veces he pulsado el botón de nuevo para retomar mi historia, pero después de un rato mirando la pantalla vacía y el cursor parpadeando, me ha invadido una sensación de no tener la energía necesaria.

Tras este pequeño parón, que todos en alguna ocasión hemos necesitado, me dispongo a seguir contándoos mis peripecias, miedos, sueños y temores para entreteneros, acompañaros, haceros reír o reflexionar, pero sobre todo para recordaros que nos estáis solos.

Fusión. Cap. 38

Cualquiera diría que el local se encontraba allí.

La entrada la protegía una puerta que más bien parecía de vivienda y que al abrirla daba lugar a un recibidor en donde se encontraba un seguridad que te daba la bienvenida.

Unos pasos más adelante estaba el ropero que también hacía de taquilla.

Ahí comprobaban si reunías las condiciones para poder acceder:

Ser mujer, o venir con una.

El precio de la entrada incluía unas copas.

Tras dejar el abrigo pasamos a la barra , la típica que podrías encontrar en cualquier local nocturno. Y justo en frente, accesos casi sin luz que te llevaban a otras estancias. Era difícil elegir por donde entrar, parecía que estabas metida en un juego de azar y dependiendo de la puerta elegida así sería tu premio. La diferencia es que en cualquier entrada obtenías uno.

Tras nuestra primera copa decidimos pasar por la puerta central y pareció como si accediésemos a una dimensión desconocida.

De repente me cruzaba con gente en ropa interior, gente desnuda y gente vestida.

La música disimulaba los jadeos y los gritos.

Si, los gritos de parejas follando y de grupos de personas acariciandose.

De mujeres colgadas de arneses que estaba siendo penetradas por varios hombres.

Salas oscuras llenas de agujeros en las paredes por los que asomaban penes necesitados de caricias.

Del chapoteo del agua de una piscina central que cubría las partes desnudas de sus bañistas.

De gente hablando, junto a otra que se desvestía.

De chicas y chicos tocandose mientras veían a otros darse placer

Y una infinita lista de cosas que ni en mis sueños hubiera imaginado que se podrían hacer con tanta libertad.

Estábamos pasando la noche en un local “liberal”.

Era mi primera vez y no me disgustó lo que veía, pero si me costaba mantener la vista en las situaciones que allí se daban. Sería mi educación, sería mi juventud o sería una forma de no abrirme y no contaminarme.

Mi acompañante me llevó hacia un pasillo oscuro en nuestra peculiar visita turística.

Sin decirme nada me empujo contra la pared.

Me besó los labios mientras introducía su mano por debajo de mis pantalones.

Sentía como sus dedos me avasallaban, buscaban y se revolvían para tocarme y mansturbarme.

Yo intentaba zafarme del asedio, pero los besos fueron más fuertes, y las ganas de luchar más flojas.

Miraba a ambos lados y no había nadie y me dejé hacer.

Llegue un par de veces mientras mordía el cuello de mi pareja.

Y después de este ataque inesperado, que me puso a 1000 por hora, seguimos paseando como si nada.

Llegamos a unas pequeñas salas individuales de color plateado.

Había una cama, un espejo en el techo y un pequeño lavabo.

La puerta tenía cerrojo.

Cerramos y nos desvestimos apasionadamente. Era la primera vez que lo hacíamos y nos queríamos dar todo.

Estiramos sobre la cama las toallas que nos habían dado y empezamos a hacerlo desesperados.

Nos teníamos muchas ganas desde hace mucho y no teníamos mucho tiempo ni oportunidades para hacerlo bien.

Su pene vigoroso entraba y salía de mí con mucha facilidad y yo me dejaba llevar buscando el máximo placer posible.

Me puse de pie con la intención de descansar apoyando las manos en la pared y mirándome en el espejo del lavabo. Veía mi figura brillante por el sudor. Las curvas de mis pechos y mis glúteos. Me gustaba mi cuerpo.

A.R. vino a acompañarme. Le miré a través del espejo y le sonreí.

Me besaba el cuello mientras me penetraba por detrás, y sentía mi culito temblar de placer.

Me puse de puntillas para facilitar el movimiento mientras no dejaba de mirarme en el espejo y le pedía más y más.

De repente sin separarse de mi me llevo hasta la cama y se tumbó boca arriba, y quedando yo encima dándole la espalda, apoye mis pies en el borde del colchón y valiéndome de ellos calculaba mis embestidas contra su miembro duro como el acero.

Miraba hacia arriba y en el espejo superior observaba nuestros cuerpos mezclados, nuestras caras de placer y la dificultad de enfocarlo durante los orgasmos que me invadían.

Llegó al climax y nos tumbamos juntos.

Había sido épico.

El cómo, el dónde, el con quien. Todo me sobrepasaba y me hacían explotar mariposas en mi interior.

No hizo falta decir nada.

Salimos del local y nos metimos en el coche.

Nos miramos suspirando de nuevo.

Nos sonreímos

Y marcamos nuestros calendarios.

Había que repetir.

Y tenía que cumplirse mi fantasía.